miércoles, 24 de diciembre de 2008

Una historia sobre el Tic

Leí uno de sus libros hace dos años. Era una novela que se llamaba Tic. La historia trataba sobre un tipo que amanece en el cuerpo de otro y lo único que se lleva consigo es el Tic que tiene de levantar una ceja. Lo curioso en Sebastián Bernal, el personaje que pierde su cuerpo, es que amanece en uno más pequeño, calvo y gordo del que tenía, y, además, pobre, soltero y enfermo. Bernal, antes de que amaneciera en la vida equivocada era un abogado y profesor universitario que tenía mucho dinero, una familia que se caía a pedazos y su filosofía de la vida era tirar, tirar y tirar.

No sé muy bien que era lo que tenía esa historia, ni porque me gustó tanto. Podría profundizar un poquito más para que entiendan por donde sigue la cosa, pero no tendría sentido. Siempre he pensado que las reseñas de libros y los Trailer de películas pueden ser los relatos más ficticios del mundo. Es igual a cuando un amigo cuenta una película que acaba de ver y dice, cargado de pasión, distintas escenas, efectos, carros voladores, besos románticos, damiselas en peligro y una cantidad de elementos que, si uno intenta ponerlos en orden, no van a ninguna parte.

Leí uno de sus libros hace dos años. Era una novela que se llamaba Tic. Me la prestó un amigo que se llama Tim. Y, desde ese día, no he dejado de leer sus libros y columnas. Creo que lo hago porque siempre hay algo me hace reír mucho; Porque, como lo dijo en algún texto, comparto aquello de que “ser humanos es precisamente fingir que no está pasando nada malo nunca”; que es mejor sentir culpa antes de hacer las cosas “porque después no le va servir a nadie” y que nuestra historia –la de Colombia- parece la de un pueblo abandonado por la ley y “es increíble que no se hayan filmado acá más películas de vaqueros”

Cuando terminé Tic se la presté a mi hermana. Ella se acostó, la dobló como si fuese una revista y empezó a leerla. Luego, de un momento a otro, se destruyó y las hojas le cayeron sobre la cara. El autor de ese libro que me gustó tanto ha escrito hasta hoy cinco novelas, un libro de poemas, otro de cuentos y una biografía de Woody Allen. Actualmente escribe una columna “Lugares Comunes” en la revista Soho, y redacta, además, el espacio de cine en la Revista Semana.

Dos años después de que mi hermana destruyera ese libro, se lo di a su autor: Ricardo Silva Romero, para que se lo firmara a uno de mis mejores amigos, Tim. Lo hice en Bogotá, el mes pasado. Bastó escribir un correo para que me dejara conocerlo. Silva, como lo esperaba, es un tipo noble, sencillo. Que incluso organizó nuestro encuentro y pagó el jugo que me tomé en el café que nos vimos.

Aquel día, dijo que para comenzar sus novelas trataba de buscar y de conocer bien a sus personajes. Que por lo menos en Tic, con Sebastián Bernal, construyó un estereotipo de alguien –un abogado mala gente, arrogante, que se acostaba con la que pudiese- y a partir de ahí, como sucede en la vida real, trató de descubrir que ese alguien no era lo que creía. Que tenía los mismos miedos, frustraciones y sueños que podría tener cualquier persona.

“La idea para una novela que valga la pena, desde mi punto de vista, es tener un tipo estereotipable que uno vaya descubriendo que no es como uno creía. Como pasa en la vida real, uno tiene muy claro a alguien hasta que lo empieza a conocer y se da cuenta de que es básicamente igual a uno... uno conoce caricaturas y se da cuenta de que son personas”

Dijo, además, que a la hora de leer –y de opinar- sobre los libros, lo mejor es estar en una posición sino generosa, por lo menos justa. No decir, antes de comenzar “Este es mediático no lo voy a leer, este se ganó todo gratis no lo voy a leer”, que lo mejor, es arrancar sin prejuicios, meterse en el cuento. Que la literatura de ahora no es peor o superior a la de antes. Pero si es válido pensar que la literatura de ahora es la de nuestra época, la de la gente que nos habla directamente. Y piensa que así se debe empezar a leer, por lo cercano. Que se puede incluso, empezar a leer viendo televisión "uno no tiene que empezar a leer cosas complejas, sino metiéndose en el mundo de las historias sin jerarquias, pensando que le televisión es una berraquera y que el cine es una berraquera, y así, llega a libros divertidos y válidos"

Mi hermana nunca le pagó, como prometió, el libro a mi amigo –que también era amigo de ella-. Por eso hace un par de semanas le devolví -por segunda vez- a Tim el Tic, aun estaba destruido. Hay quienes han leído ese libro con las hojas saliéndose y cayéndose a pedazos. Yo me incluyo. A lo mejor por eso escribí este texto, que se parece a ese libro –no por lo bueno, sino por lo desordenado- Y por eso transcribí aquí, para compartir con ustedes, partes de lo que dijo Silva Romero ese día en que lo conocí, incluyendo ésta que pondré al final, que fue mi favorita:

“Los grandes textos de ficción lo que hacen es decirle a uno que no todas las personas son iguales, de hecho cada persona es única. Es pasar de lo abstracto a lo concreto. Leer una novela sobre una mujer no es sobre las mujeres, es sobre una mujer. Y ese esfuerzo de leer y leer le recuerda a uno cuando se está viendo con una persona que esa persona es así, concreta, y hay que respetarla como uno se respeta a uno porque es única de cierta manera. Es una cosa curiosa porque uno sabe que es único y, en esa medida, sabe que es igual a todos, pero no igual a todos desde el punto de vista político que es el de masificar, igualar, cosificar, y no hay individuos sino -el pueblo, la gente, las encuestas, los uribistas-…Me parece que la literatura y las ficciones en general son el ejercicio contrario a la política, a la política mal entendida. La literatura es recordarle a la gente que el gran esfuerzo de una vida es no dejarse masificar, ni manipular, no dejarse someter por las sociedades, por lo poderosos, por eso que le dice a todo mundo –usted es uno más, haga la fila-…Esa es la estructura de todos los libros, la historia de una persona que no se deja de un aparato diseñado para masificar, cualquiera que fuese. De eso se tratan los libros, de un tipo que no se deja, o que finalmente es aplastado por eso, si es una tragedia. O que triunfa, si es una aventura"

Ricardo Silva Romero

lunes, 10 de noviembre de 2008

"La literatura siempre tiene un ejemplo que te demuestra que no hay reglas", Antonio García Ángel

Foto; Juanita Ochoa. Tomada de; www.soho.com.co


Cuando Antonio García va caminando por la calle, nadie va decir de repente “Ahí va García Ángel”, no, esas cosas no pasan con él. Muy seguramente usted, estimado amigo, cuando vea esa foto en este portal y ese nombre en la primera línea no se le vendrán muchas cosas a la cabeza. García, a diferencia de las estrellas de Hollywood, las chicas Aguila y los presentadores de noticias, trabaja desde la barrera; escribiendo libros, columnas y cuentos. Se dedica a contar realidades de las que hace parte algunas veces, otras que brotan de su imaginación y a construir un mundo propio con cada línea.

Para los que no sepan nada de él, aquí van unos datos al aire que podrían dar en el blanco: Antonio García Ángel es un escritor y periodista caleño de 36 años. Ha escrito dos novelas; Su casa es mi casa (2001) y Recursos Humanos (2006). Luego de ganar un concurso internacional tuvo como tutor al escritor peruano Mario Vargas Llosa para escribir su segunda novela, en la que contó la historia de Ricardo Osorio, el jefe de recursos humanos de una fábrica que está aburrido de su empleo, de su mujer y quiere escapar de todo huyendo con Ángela –amiga de su esposa-, de la que está enamorado y obsesionado con sus tetas.

Y otros datos más, por si acaso; Actualmente es asesor editorial de la revista Soho y escribe ahí mismo una columna llamada el Erizo. El año pasado, durante la Feria internacional del Libro de Bogotá, fue escogido como uno de los 39 escritores menores de 39 años más representativos de América Latina.

Leí un libro de García y cada mes me detengo un par de minutos en el Erizo, su columna en Soho. García Ángel escribe sin buscar palabras rimbombantes y metiendo un chiste en el momento oportuno. No pretende descubrir el origen del universo ni la verdad más allá de la verdad en sus relatos. Yo diría, desde un punto de vista muy personal, que Antonio García es de los que construyen sus historias como si un amigo le estuviera contando a uno algo, y por eso, es que vale la pena darse una vuelta por sus textos.

García estuvo en el cierre del pasado XX Festival de la Cultura de la Universidad del Norte. Vino a un conversatorio sobre Literatura y Periodismo, y mejor que sea él mismo, en vez de todos estos datos que saqué de internet, el que de una vez por todas nos cuente sobre su recorrido, sus influencias y un truco que tiene, a la hora de escribir una buena historia.

¿Cuando escribiste los primeros textos o te diste cuenta que te gustaba hacer esto?

Yo lo que era, era muy gomoso de leer. Como en séptimo empecé a escribir articulitos para el periódico mural de mi colegio. Y desde ahí yo sentí que tenía como que algo que decir. Como en décimo yo ya estaba convencido de que quería ser escritor. Cuando tenía 12 años hice un viaje por el río amazonas con mi familia y en la lancha estaba Ernesto McCausland, que era un pelado en ese entonces, no es que sea viejo, debía ser un man recien graduado. El era como el mansito de una edad intermedia entre la de los papás y la de uno, iba con su grabadora y su libretita a cubrir algo sobre la isla de los micos. Yo me acerqué a preguntarle qué hacía y eso. Me pareció fascinante, me pareció muy vacano lo que hacía.

¿Qué clase de cosas escribías al principio?

Fui una especie de articulista variopinto cuando estaba en el colegio, muy, muy inspirado en Daniel Samper Pizano. Me encantaban sus libros, ya me había leído A mí que me esculquen, Postre de Notas, Piedad con este Pobre Huérfano, Llévate a esos payasos. Mi modelo literario fue Daniel Samper Pizano, yo quería escribir como Daniel Samper Pizano.

¿Has sentido que tienes influencia de alguien ahora en tus libros, te molesta eso?

Mi primera novela, Su casa es mi casa, estaba muy en la onda de Paco Ignacio Taibo. Y yo no sé porque, pero a mi no me estresan las influencias. Puede que suene muy presumido, como que este man tan soberbio, tan picado, pero bueno, pues lo digo con toda sinceridad, con toda honestidad; Creo que nunca se me va pegar una influencia tanto como para que yo termine siendo la copia mala de ese escritor.

¿Molesta ver a otro escritor con rastros de tu estilo?

No, para nada. Pienso que cada cual se apropia de los textos de la manera que le funcionen. Creo que igual si una persona se deja arrastrar demasiado por su influencia y termina volviéndose una especie de clon del escritor que admira, esa persona no tenía la suficiente fuerza interior para decir algo, y el estilo lo arrastró demasiado. Pero yo pienso, es que suena como feo decir “si uno tiene personalidad como yo” si me entendés. Pero si uno tiene algo que decir, puede encenderse a leer el mismo, amarlo, tratar de parecérsele, pero incluso a pesar de si mismo, no va terminar siendo parecido, a la larga termina siendo distinto.

¿Andrés Salgado, dice que un buen escritor debe vivir realidades diferentes a la a la propia, qué dices de eso?

A mi el periodismo me ha servido para eso, yo aprovecho el periodismo para eso; Yo he sido escolta, estado en agencias de citas a ciegas, hice parte de una secta raeliana para hacer una crónica. Ese tipo de cosas, con eso, yo estaría deacuerdo con Salgado, de que enriquecen un poco el mundo del escritor.

Pero también creo que hay un mundo así de pequeño, que puede tener el escritor, que puede ser tan profundo e inagotable como el de una persona que ha sido bucanero, que ha estado preso. La literatura siempre tiene un ejemplo que te demuestra que no hay reglas. Entonces por ejemplo, Sylvia Plath, no, Sylvia Plath no, esa fue la que se suicidó, como se llama la poeta esta, ah si, Emily Dickinson, ella no salió nunca de su casa. Su vida era su cuarto, la cocina y el jardín y ahí hay una obra inmensa.

Y para terminar, ¿Qué es lo más difícil de una columna, o qué haces para encontrar una buena historia?

Yo cuando me siento a escribir una columna, a veces la pienso, a veces no tengo ni idea. Me siento con la mente en blanco a ver titilar el cursor y de pronto escribo, “uno siempre debería tener una buena chaqueta” por decir cualquier cosa y de ahí para adelante- “la primera chaqueta que me regalo mi tía…” Como que muchas veces no sé. Para un cuento puede pasar y me ha pasado, como poner “Alfredo Perea miro a su amigo y le dijo córtame el meñique, te ruego que me cortes el meñique” Ahí hacia delante no tengo ni puta idea de qué va pasar, pero tengo a un tipo rogándole a otro que le corte el meñique y ahí algo tiene que pasar. Y muchas columnas salen de ese tipo de ejercicios, de encontrar una frase que tenga cierta imagen delirante y seguirla para ver a donde te conduce.

viernes, 19 de septiembre de 2008

A Ramón Illán no lo dejaban comer manzanas


—Aja, hola cómo estás, dime, cuéntame, qué andas leyendo— me dice, como siempre, hablando muy rápido y dibujando cada palabra con su rostro

—Melodrama, de Jorge Franco

Y él, que mostró en su cara como se descomponía el mundo ante mi respuesta, se llevó ambas manos a la cabeza y me dijo:

—No, no, no, dime, explícame, ¡por qué haces eso!
—Pues profe, la narrativa, los personajes, el…— interrumpió.
—Procura empezar a leer primero a los grandes, ¡a los grandes!: Dostoievski, Tolstoi, Balzac, pero Franco, qué es eso, no, no me parece…

***

Ramón Illán Bacca es un escritor, periodista y crítico literario que desde hace 30 años ha publicado cuatro novelas y tres libros de cuentos, numerosas investigaciones y algunas recopilaciones de narrativa local. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad del Norte y publica una columna, “Puntos de Bizca”, en el Periódico El Heraldo cada quince días. También estudió Derecho, pero esa no fue, precisamente, una profesión de sus afectos.

Desde que lo conocí siempre que me ve pregunta lo mismo, con pequeñas variaciones: “¿Qué andas leyendo?, ¿has escrito algo?, ¿qué te pareció esta película?, oye, aja, ¿ya te los leíste, cuándo vas a devolverme los libros que te presté?”.

Una de sus biografías dice que nació en Santa Marta en 1942, otra que en 1940, y en una muy pequeña reseña en la contraportada de su última noveleta, La mujer del defenestrado, como con ganas de ponerlo más viejo, que en 1938. Él, que es el único que podría aclararle el asunto a la historia, prefiere mantenerlo en secreto.

En la guerra no hay manzanas, es uno de los cuentos publicados en su libro Marihuana para Goering, en 1976. “Si quieres saber cómo fue mi infancia, tienes que leerte ese cuento y ya está”, dice. Aquel relato tiene como personaje central a Benjamín, un niño que vive al lado de su abuela, el tío Nicolás y dos franceses que viven en un hotel cercano a su casa durante la Segunda Guerra Mundial.

Sus allegados, que se la pasan pegados al radio escuchando reportajes de la guerra, prefieren mantener al niño, en contra de su voluntad, lejos de todas esas historias. El pequeño Benjamín, mientras tanto, se la pasa en aquellos días creando personajes, inventando leyendas y contándole de los 3 mosqueteros a Gastón —uno de los franceses—.

A veces, tentado por lo que podía encontrarse en un bodegón colgado en una pared del comedor de su casa, cerca a la alacena, solía preguntarle a su abuela: ¿Por qué no me das manzanas?; y ella, que casi siempre estaba leyendo revistas de farándula —en ese tiempo ya existían— en una mecedora, molesta, respondía:

—¿Cuántas veces te lo he dicho?, estamos en guerra, ¡y en la guerra no hay manzanas!

La editorial que iba a sacar Marihuana para Goering en los 70s fue embargada días antes del lanzamiento. Un tiempo después, mientras caminaba por el centro de Barranquilla, Ramón Illán vio el tumulto de libros en un estante. Cada tarde, desde ese día y durante un par de meses, se fue a mirar, sin que nadie se diera cuenta, quién se acercaba a comprarlo.

Hasta hoy Maracas en la Opera ha sido su trabajo más reconocido, fue publicada en 1999 y el año pasado fue nombrada por la crítica como una de las 25 novelas más importantes de Colombia en el último cuarto de siglo.

***

Continuamente usa la camisa a medio encajar en el pantalón, parece que hubiese salido corriendo de alguna parte. Termina todas las frases con un comentario irónico, burlándose de una realidad y de un mundo que nunca ha logrado capturarlo y someter a sus presiones. Es como si se le escapara a las normas y a los juicios con chistes, como lo haría quien se ha quedado al lado del camino mirando todo lo que pasa, burlándose para dentro y construyendo su propio destino.

Sus padres murieron cuando apenas era un niño y las tías que lo criaron lo enviaron a Medellín en 1960 para que estudiara algo “importante”. “Ellas creían que estas carreras, Filosofía y letras, Sociología, Periodismo, no servían para nada, nadie lo creía en esa época, bueno, tampoco nadie lo cree ahora…ja…”, dice. Empezó entonces, bajo la custodia de sus retrógrados parientes a estudiar Derecho en la Universidad Pontificia Bolivariana.

“...Mmm..... sí, ja, sí me expulsaron de la UPB., y mira te cuento, lo hizo un tipo, que si el infierno existe, él debe estar allá, Monseñor Félix Henao Botero, y mira, me dice que dizque yo era una manzana podrida, y el muy descarado me indica que yo debía entender que él no podía dejarme para que estuviese ahí dañando a los demás muchachos, pero que va, todo eso era mentira, yo sólo me la pasaba por ahí, hablando con mis amigos de literatura, también andaba con unos Nadaístas, y de vez en cuando iba a reuniones del MRL —Movimiento Revolucionario Liberal— y ya, ¿qué es eso?, nada, absolutamente nada, a nadie le estaba haciendo daño… y sabes, sabes a quien más expulsaron de ahí, a Fernando Botero, Héctor Abad Faciolince y Gustavo Álvarez Gardeazabal, ¿puedes creer?...”

Después de pasar algunas noches borracho en la ciudad se montó en un camión para regresar a Barranquilla. “Estaba tan decepcionado que lo primero que hice cuando arrancamos fue quitarme los zapatos y tirarlos lejos, así regresara descalzo, porque estaba tan decepcionado y dolido por semejante injusticia, que ni la tierra me la quería traer de regreso”.

En Barranquilla terminó lo que había comenzado en Medellín, se hizo abogado y confiesa haber trabajado en “las cosas más aburridas del mundo”. Uno de los puestos que ocupó fue el de secretario privado de la gobernación del Magdalena, en el que lo más importante que hizo fue coronar a la reina de belleza Josefina Noguera en 1967 con un discurso que no sobrepasó el minuto:

—Josefina. En esta época de guitarras electrónicas y minifaldas se imponen los minidiscursos. Te declaro la mujer más bella del Magdalena.

***

En una librería, buscaba sigiloso La vida Breve de Juan Carlos Oneti:
—¡Qué rabia! el destino cruel no quiere que lo encuentre”— dijo, y volvió a repasar con la mirada el borde de los libros en un estante. —Ja, mira aquí está—. Le quitó el plástico y comenzó a ojearla.

—¿Qué te parece él?— le pregunto, señalando otro libro.
—¿Vallejo? No, no, me cae muy mal, dice unas cosas para llamar la atención. La otra vez en Medellín se puso a decir que había que odiar a las madres y no sé que cosa… Mira, este es otro que me cae mal.
—¿Quién, Jon Lee Anderson?— le dije señalando la autobiografía del Che Guevara escrita por Anderson.
—No, el Che. Era un tipo muy cruel, leí un libro sobre él y lo retiré de mis afectos, abandonaba a sus compañeros heridos, era un tipo muy deshumanizado. Y eso, que yo soy un poco como de izquierda, izquierda centro, pero el Che, el Che me cae mal.

***

—¿Bueno, qué más quieres saber?
—No profe, creo que ya terminamos, además, no tengo tanto espacio.
—hmmm… Suele pasar. Has visto las noticias estos días….
—Sí, algo, lo de la liberación de Ingrid y los soldados, ¿usted cree que ya se esté acabando esto?
—mmm..., no, han pasado cosas, unas buenas y otras malas, normales en un conflicto como este. Pero todavía falta tiempo para que podamos comer manzanas.



sábado, 2 de agosto de 2008

...De los tamales y la pasión...

Con el tiempo me he dado cuenta de que la mayoría de los colombianos siempre hablan de más. Deberían reducir el número de adjetivos en todos sus relatos. Lo mejor, sería, quedarse callados por lo menos un día. No ir más allá, dejar las palabras en su sitio.

Me acuerdo de un tipo que vivía por mi casa hace unos años y se llamaba Santiago*. Medía como dos metros, usaba algo en el cabello que lo hacia ver brillante y gomoso. Vestía pantalones de lino y solía tener la camisa ajustada hasta las muñecas.

Siempre que me veía en alguna parte se acercaba a decir –Dependiendo del personaje del día en las noticias de farándula- Que Juan Luis Guerra creció con él en el Barrio los Andes. Que Juanes estudió en el Colegio el Limón hasta octavo, y para terminar, aunque eso “aun no saliera en las noticias”, juraba, con una mano sobre la Biblia, que se había ganado una beca para estudiar Teología en Oklahoma.

Y yo, con el tiempo, dejé de discutir con él sobre sus inverosímiles relatos. Sobre el carro que le regaló su tío británico, el cargo ejecutivo que le acababa de ofrecer una multinacional canadiense y el número de teléfono de Natalia París, que tanto insistió en venderme.

Quedarse callado y asentir con la cabeza era la mejor salida, así, al rato se iría y el mundo volvería a ser un lugar hostil, en el que las cosas buenas le pasan muy poco a las personas que uno quiere y la realidad es inversamente proporcional a las noticias de farándula.

Santiago también fue pastor de una Iglesia evangélica, y vendía tamales los fines de semana con sus jóvenes discípulos. Los reunía en una casa para explicarles con un pequeño tablero y la tiza apunto de acabarse, cómo lo que pudiesen ahorrar con los tamales les alcanzaría, en un futuro no muy lejano, para comenzar a construir su propia Iglesia.

Ojala, toda la gente que no tiene nada que decir en este país fuese como él. Que lo único que podía robar era el dinero de su Iglesia que aun no existía y arruinar los fines de semana de sus juiciosos seguidores. Así, tal cual como Santiago, que utilizaba la ficción para ganar amigos cuando se sentía solo, o para hacer prosperar la prometedora industria de los tamales.

Pero no, no es así, lamentablemente habladores como Santiago quedan muy pocos. La mayoría de mis coterráneos tiene que ir más allá de eso, es como una cultura nacional, algo que corre, se siente, vuela. Se ve en nuestros actos, en los reinados de belleza y hasta en los partidos de futbol.


Por eso los curas, sin importar lo que diga la constitución del 91, siguen hablando de política. Por eso, porque todo el mundo tiene que avanzar un paso más. 4 años de mandato presidencial no son suficientes, mejor que sean 8, o doce, que más da.

Es que Colombia, literalmente, es pasión.

La verdad, puede ser muy fácil insistir tercamente con el asunto. Por eso el hijo de Ingrid Betancourt, sin importar que pudiese avergonzar a su madre en el momento de gloria que vivía, dijo al mundo entero que; “la libertad es algo muy importante”, si, literalmente, descubrió que el agua moja.

Y uno se pregunta, ¿Por qué ese muchacho no dejó seguir hablando en las ruedas de prensa solo a su hermana, que siempre había dejado tan bien a la familia? ... Porque somos así, somos pasión. Por eso no clasificamos a los mundiales y hemos perdido tantas veces la final de la Copa Libertadores. Hacemos un pase de más.

Por mi parte, ya sé que voy hacer, descubrí el truco hace unos años. La próxima vez que escuche alguien decir; “es que somos el noventa por ciento, eso quiere decir que esto es Colombia” me voy a quedar callado, no voy a decir nada.

Y entonces, muy seguramente, como lo hacía Santiago, se irán. Y las declaraciones de Monseñor Rubiano serán un mal recuerdo. La realidad volverá a ser inversamente proporcional a las noticias de farándula, y nosotros, el 10 por ciento, nos daremos cuenta que no éramos tantos, como para armar una hecatombe.



* El nombre fue cambiado. No por petición, sino porque no sabe que hace parte de esta historia. Y bueno, también esperando que si algún día lee estás líneas, haga como si no fuese el. Y me cuente, la próxima vez que me vea por ahí, porque fue que expulsaron a Juanes del Liceo Modernos del Norte –LimOn-

domingo, 4 de mayo de 2008

Las caras del Cielo

Recuerdo que cuando era niño y mi papá salía de viaje yo lo acorralaba con miles de preguntas para saber a dónde iba. Por cuál lugar de Colombia cambiaría lo bien que la pasábamos juntos. Y él, con sumo cuidado, me explicaba con sus manos, como dibujando un mapa en el aire, las carreteras, ciudades y pueblos por los que pasaría.

Cuando cruzaba la puerta se volteaba otra vez, riendo, terminaba por decir que iba por allá, por el culo de la mula. Y bueno, justo en esa clasificación geo-espacial de mi padre, podría quedar el Cielo, estoy seguro de eso.

Tubará es un municipio del Departamento del Atlántico. Municipio se le dice en Colombia a esos lugares que no son lo suficientemente grandes para ser considerados ciudades, ni tampoco, lo suficientemente pequeños para ser olvidados por el gobierno –Aunque podría pasar- También existen poblaciones pequeñas, que por estar cerca, dependen de los municipios y se les llaman corregimientos.

Y hay mucho más chicas, que hacen parte de los corregimientos. Uno de esos lugares es un pueblo pequeño llamado el Cielo, que hace parte del corregimiento El Morro, a 30 kilómetros de Barranquilla, hacía el norte, en algún lugar del Departamento del Atlántico, cerca de Tubará.

***

Una señora morena y gorda estaba sentada a mi lado. Intentando ser un buen compañero de viaje, busqué su rostro y le sonreí. No desvolvió el gesto y perdió la mirada en el camino, en sus propias complicaciones. El bus amarillo que salió de Barranquilla, era la ruta que llegaba hasta Juan de Acosta, un pueblo cerca de Tubará y pasaba justo por la entrada del Morro.

Un vallenato sonaba tras otro sin dar tregua. La cabina del chofer bien podría haber sido la cuna para cuidar un bebé, tenía encendido un pequeño abanico que colgaba del techo, al lado de dibujos de la rana René, un osito y un pato de peluche que colgaba, y justo en medio, pegada, entre muchas cartas con corazones y letras coloridas, el rostro de Jesucristo.

***

Jesús Paulino tenía 58 años y vivía en una casa del Morro que quedaba justo donde comenzaba al camino hacía el Cielo, una trocha muy inclinada por la que se debía subir cerca de media hora.

Sin pensarlo mucho se puso una camisa y me dijo que podía llevarme. Cuando caminábamos cuesta arriba me contó que era albañil en Barranquilla y que nació en otro corregimiento cercano, Juaruco, y que ahí cosechaba Guandú, Millo y Ajonjolí con su familia cuando era más joven.

El señor Jesús, como casi todas las personas del Morro, Juaruco y el Cielo, guardaba en su rostro los rasgos de un pasado indígena que se rehúsa a morir. Era descendiente de la tribu indígena Mocaná, que habitó e hizo suya esas tierras hace más de 300 años.



Jesús Paulino, justo cuando subimos el camino desde el Morro. Luego tomamos una trocha para llegar al Cielo.



El Cielo está a tan solo 150 metros sobre el nivel del mar



***
En el Cielo había 16 casas, cada una de un color distinto, más vivo que el anterior, azul oscuro, verde, azul con verde, rojo, vino tinto, rojo con blanco, salmón, parece que cierto día un arcoiris hubiese perdido el camino a casa y buscándolo se estrelló con el pueblo. La arena era rojiza, suave y se mezclaba entre los dedos de quien andara descalzo sobre ella.

-Es que este es el cielo uno…
-¿Cómo así?, ¿hay otro pueblo cerca que se llama también el Cielo?
La señora Nestar soltó una carcajada –No mijo no, es que el otro es el de arriba, ese es el dos, cuando nos morimos aquí, vamos para allá-


La señora Nestar Blanco tenía cuatro hijos. En su casa, que estaba en el punto más alto el pueblo, vivía con ellos, algunos nietos y su esposo, Justiniano Blanco, de 54 años. Al igual que Jesús Paulino, el señor Justiniano era albañil en Barranquilla. Hace cuatro meses compró una moto, y su hijo mayor trabajaba con ella los fines de semana.

En el Cielo hay tres apellidos; Blanco, Gonzáles y Paulino. Todos los hombres del pueblo se han casado con sus primas segundas, terceras, y hasta cuartas si es caso. Todos se conocen, a la vuelta de la casa de la señora Nestar vivía una tía, su hermana y un cuñado. Del otro lado de su casa, en dos viviendas diferentes, un azul y otra roja, vivían dos primas.

-Alguna vez han terminado dos hermanos, o un sobrino y una tía; ¿enredados sin querer?
- Ah mijo aquí todos sabemos bien quién es quién. -respondió la señora Nestar sonriéndose - Pues cuando no hay con quien vienen hombres de otros pueblos, eso nunca ha sido un problema.

La señora Nestar, en la parte de atrás de su casa.

***

Shirley Gonzáles tenía 24 años y se casó a los 16. Miraba de vez en cuando las noticias porque pensaba que aunque ella vivía bien en el pueblo, no podía ser indiferente al dolor de otras personas. Al cielo no llegaba ningún periódico.

Lo único que le quisiera cambiar al pueblo, es que el hospital más cercano, que queda en el Morro, abra todos los días las 24 horas, pues no ha podido tener ninguno de sus 4 hijos ahí y siempre le toca ir a otro pueblo. -El centro médico del Morro suele atender todos los días de 9 de la mañana a 3 de la tarde. No trabajan domingos ni festivos-

La casa de Shirley era azul, tenía dos cuartos, en uno dormía ella con su esposo, y en el otro sus cuatro hijos. En la sala había una mesa pequeña, y sobre ella, un televisor muy pequeño también. Los niños se la pasaban viéndolo casi todo el día.

***


Willian está en el centro, Jhonier a su derecha, y el pequeño Edwin de brazos cruzados.

William y Jhonier tenían 7 años, Edwin 4. Los tres eran apellido Blanco. William era amigo de Jhonier y Edwin, que son hermanos. Los tres estaban al tanto mejor que nadie sobre los perros que muerden duro en el pueblo.

William vivía en Juaruco y se mudó al Cielo porque un día lluvioso su casa se cayó. Jhonier y Edwin estaban preocupados porque a la perra de la casa se le han muerto todos los perritos que nacieron hace poco. Temen, que se muera también, así como un año atrás murieron Violet y Cafam, la primera de vieja y la otra porque se quedó afuera mientras lloviznaba y luego se enfermó mucho.


***

Jhonier era un niño que vivía cerca de la casa de Jhonier Blanco, a diferencia de él, tenía el cabello corto y el color de su piel era moreno. Pero al igual que su tocayo, sabía bien por donde no podía pasar, por cual parte del camino estaban los perros que mordían duro.

Los niños no desaprovechan oportunidad para jugar un partido cuando aparece un balón...



-Puedes llevarme a un lugar bien alto donde pueda tomar una foto a todas las casas del pueblo juntas. -Le pregunté a Jhonier, el de cabello corto-
-Claro, si, yo sé dónde! -Respondió emocionado y me dijo que lo siguiera.

Nos desviamos del camino para evitar a Lucas, un perro negro, pequeño pero de dientes grandes, que una vez lo había mordido.

-No podemos pasar por ahí, es muy peligroso y muerde muy duro- Dijo susurrando.

Llegamos a un lugar de espaldas al pueblo, y emocionado señaló abajo, en el paisaje, a las casas del Morro.

-Pero mira no es un lugar no para tomar una foto al Morro, sino al Cielo, ¿sabes en dónde? Se quedó pensando, y al cabo de un rato se encogió de hombros y respondió
–hmmm...Pues ahí si no sé.

Y yo, después de caminar mucho con Jhonier, tampoco lo supe.

Cuando me iba comenzó a explicarme con sus manos, como dibujando un mapa en el aire, cuál era el camino para bajar a la carretera principal, a la que había ido unas veces con su papá para ir a Barranquilla.

-Me va tocar darme la vuelta para llegar a la casa. Me dijo
-¿Por qué lo dices? , le respondí, la verdad, muy intrigado por su cara seria.
-Porque tengo que pasar por ahí otra vez y ahí está él. Me dijo Jhonier, un poco preocupado
-¿Quién es él?

Y mirándome a los ojos, susurrando, dijo - Pues el ….shhhh…. ¡Lucas!-

viernes, 21 de marzo de 2008

Los santos, el demonio y Rock and roll...

Ese era el peor lugar del mundo. Y para mi lo era por dos razones. La primera era que casi siempre me sentía al borde de un paro respiratorio. Cada ejercicio era peor que el otro. El sudor se derramaba por mi cara, por mi espalda y debajo de mis brazos sin parar siquiera un segundo.

La profesora Angélica bien podría haber sido una atleta olímpica. Ganar cientos de medallas, hasta podría haber entrenado a todo un batallón de soldados, estoy seguro de eso. Pero no fue así, porque decidió salvar almas en la Iglesia evangélica de mi barrio todos los fines de semana y torturar niños martes y viernes en sus clases de educación física por el resto de su vida.

La segunda razón por la que creía que ese era el peor lugar del mundo. Aparte de escuchar a la profesora Angélica gritar ¡aleluya! cada vez que terminábamos alguno de sus endemoniados ejercicios. Era que tenía que cerrar los ojos muy, pero muy fuerte, la última media hora de la clase de los viernes. Para que ningún demonio o espíritu inmundo que saliera de la casa de oración, como decía la profesora Angélica, entrara en mi a torturar mi alma para siempre.

***

Los miércoles y viernes había culto en la casa de oración. Era mucho más pequeña que la iglesia. Todo estaba en el mismo lugar, la casa de oración, el colegio y la Iglesia.

La casa de Oración era un salón cerrado que quedaba justo al lado del patio en el que hacíamos educación física. Nos sentábamos y hacíamos un círculo alrededor del hermano Alfredo, que usaba gafas, se abrochaba la camisa hasta el botón del cuello y se ponía los pantalones justo a la altura del ombligo.

Había en esos cultos por lo menos uno o dos exorcismos. El hermano Alfredo oraba, reprendía, tomaba la Biblia y por alguna razón, cuando ya estaba sudando a cantaros de tanto orar, alguno de mis compañeros terminaba cayendo al piso dando gritos y revolcándose sin parar.

La profesora Angélica, que vestía una falda hasta los tobillos, incluso en sus clases de educación física, también estaba ahí, y nos decía que cuando pasaba eso era que los demonios y los espíritus inmundos estaban saliendo de nuestros compañeros y por eso debíamos cerrar los ojos muy, pero muy fuerte, para que ninguno entrara en nosotros a poseer nuestras almas para siempre.

En los cultos de los miércoles siempre estaba al lado de Jaider, mi mejor amigo, y de Rossana, una amiga de él. Jaider casi siempre estaba callado. Corría como nadie y nunca en ningún juego alguien podía alcanzarlo.

Rossana acababa de entrar al colegio -Jaider y yo llevábamos seis años- Ella vivía por la carrera 14. Creo que su mamá y la de él eran primas. Rossana usaba el uniforme -un vestido muy largo de cuadritos azules- con botas negras que le llegaban casi a las rodillas. Y casi siempre tenía los ojos y las uñas pintados de negro.


***

Todos los días caminábamos juntos de regreso a casa. A mi me gustaba ese camino, y creo que a ellos también, porque en mi barrio, como muchos al sur de Barranquilla, cada casa es de un color distinto y cada una tiene un árbol justo enfrente.

-Quieren escuchar? –Nos preguntó Rossana.

-No –Contestamos los dos casi al tiempo-
Rossana solía escuchar por esos días Rock and Roll...-ella lo decía completo, no Rock, sino Rock and Roll-
-Cómo saben que no les gusta, si siempre que les digo me dicen que no -Nos preguntó-


-¿Has escuchado de los mensajes subliminales? le dijo Jaider
-¿Han escuchado ustedes, de las huevas del gallo? Contestó, contundente, Rossana.



***

Casi todos habían caído al piso en los cultos de los miércoles. Por lo menos un demonio les habían sacado. Casi a todos, menos a Jaider, a Rossana y a mi. Cada miércoles Jaider y yo mirábamos muertos del miedo, o más bien, cerrábamos los ojos muertos del miedo.

Rossana siempre se reía de lo que pasaba. Según ella, nunca había cerrado los ojos, ni siquiera una sola vez.

Ella era un poco mayor. Se la pasaba leyendo siempre muchos libros. Cuando íbamos de regreso a casa todos los días nos contaba de lo que hacía la gente en otros lugares, y juraba que mientras nosotros creíamos que era de día, en otras partes ya era de noche. Y una vez mirando el cielo cuando había oscurecido nos dijo que lo que nosotros creíamos aquí, podría no valer nada, si estuviésemos en la luna.


***

Cuando faltaban pocas semanas para terminar el año. El hermano Alfredo comenzó hablar del mal. De los jóvenes que escuchaban esa música rara, el Rock, y que pintaban sus ojos y uñas de negro. Influenciados por mensajes subliminales que estaban por todas partes. Y cada vez se acercaba más a donde nosotros, con cada palabra, con cada paso que daba dentro de la casa de oración.

Hasta que llegó justo a donde estaba sentada Rossana y puso una mano en su cabeza. Y antes de que siguiera Rossana le quitó, muy sutilmente la mano al hermano Alfredo, y todos, sorprendidos, se quedaron mirando.


-Puedo decir algo?


- hmmm….claro –Respondió el hermano Alfredo con una sonrisa cínica, como un bandido del viejo oeste, que tiene a su enemigo de rodillas y la pistola cargada-

En ese instante, todos estaban con los ojos bien abiertos, porque ese día no habían sacado el primer demonio, y al parecer, no iba a ser ninguno de los que estaban dentro de Rossana.


- ¿Qué pasaría si viviéramos en la India donde no hay demonios a quienes temer, o en África, donde solo creen en la luna y el sol? -decía Rossana- Si el demonio existe ¿por qué solo atormenta a la tercera parte de la humanidad? – terminó, y en la casa de oración, nunca hubo tanto silencio-.

El hermano Alfredo dio dos pasos atrás. Nos miró a todos y luego volvió a donde Rossana. Puso la mano muy cerca de su cara y gritó más fuerte que cualquier demonio que hubiese sacado…


-¡Sal de aquí Satanás y déjala en paz!

Y efectivamente Rossana, que se puso tan blanca como un papel, salió corriendo de la casa de oración, y yo sin saber muy bien porqué, salí corriendo detrás de ella.


-¡Mario cierra los ojos! –me gritó la profesora Angélica.

Pero no los volví a cerrar, ni ese día, ni ninguno de los que siguieron.

***
Desde aquel día todo cambió. Hasta para Jaider que también salió corriendo y como nunca había pasado lo atraparon e intentaron exorcizarlo, pero no le sacaron nada. Y los tres, como siempre, seguimos caminando a casa juntos, debajo de los árboles, con las casas de colores como testigo de nuestro paso. Y cada día, Rossana nos siguió contando de libros y de la gente en otros lugares. Hablábamos y turnábamos los audífonos, para escuchar un poco de Rock and roll e intentar descubrir como serían las cosas, si viviéramos en la luna.

sábado, 21 de julio de 2007

Entre los muertos y el dinero

El sol se refleja sobre un angosto camino de pavimento y lo hace hervir con cada paso. Un señor de gorra roja está sentado a un lado vendiendo flores. Hay otro cerca de él que seca su frente con una toalla pequeña, mientras mira a las personas pasar y tiene una caja con termos de tinto en el piso. Al final del sendero se levanta la puerta del cementerio Calancala, donde no sólo se ganan la vida algunas personas vendiendo rosas, crucifijos y tintos, también hay quienes lo hacen rezando por muertos que nunca conocieron.

William Ibarguen es moreno, un poco encorvado, tiene puesta una sudadera y un bolso a medio lado. Camina despacio y mientras entramos al cementerio me pide que nos sentemos a hablar en una banca de la capilla, para que no le dé el sol en el rostro. Es sábado y la noche anterior, como todos los fines de semana, bebió. Por eso su voz está ronca.

Nació en Barranquilla y vive con su madre en el barrio Carrizal, al sur occidente de la ciudad. Tiene 44 años y desde hace siete es rezandero en el cementerio Calancala.

Una joven rubia vestida de negro camina al lado de una mujer que parece ser su madre mientras se acercan a la capilla. William las mira, espera unos segundos y les pregunta sonriente: ¿Va a rezar?, la joven sonríe y le contesta: Vamos a ver como es que rezas tú, si es que rezas bonito. Él se pone de pie y les muestra un atajo para llegar a la tumba que buscan. William camina entre las callejuelas del cementerio como quien conoce las calles de su propio barrio.

- ¿Quieren el rezo hablado o cantado? -les pregunta él cuando están los tres frente a la tumba.
- Mejor cantado porque mi hermano todavía era un niño- responde Carmen, la joven. En ese instante mira a su madre esperando su aprobación.

William pone las manos sobre su cuerpo, frunce el ceño y empieza a cantar lo que parece una combinación entre el rezo de una misa dominical y una canción de cuna. Habla de la injusticia de una muerte temprana, de Dios y de los ángeles.

La sonrisa que tenían las mujeres hace unos minutos se desvanece. William termina de cantar y como es costumbre para despedirse del muerto luego del rezo ambos tocan la lapida. Después él le pasa una piedra a Carmen para que se la tire a la tumba, porque ella es de estatura baja y no alcanza.

Carmen le entrega dos mil pesos a William, la sonrisa vuelve a su rostro cuando caminan hacia la puerta del cementerio y le dicen al rezandero que van a volver a rezar con él, porque lo hace bonito “Nosotras podemos rezar, pero ellos tienen algo: es la tradición. Y el alimento del muerto es la tradición”, sentencia Carmen.

William está en el cementerio todos los días desde las 8:00 de la mañana hasta las cinco de la tarde, casi siempre rezando como lo hizo para Carmen y su madre. Cuando se acerca una caravana de personas con un muerto en los hombros se detiene a detallarlos, intenta darse cuenta de que religión son los familiares del muerto, si aparentan ser católicos se acerca, reza al lado de la tumba, en el camino y cuando lo están sepultando. Padres nuestros, ave marías, y otros rezos que sólo él y los otros rezanderos conocen. En algunas ocasiones llora y se lamenta por el difunto. Cuando todo termina se dirige a los familiares y les pide una colaboración. De esta manera gana en un mes de 350 a 400 mil pesos. “Lo hago para sobrevivir, con esto me sostengo”, dice William.

***

Es domingo en el cementerio Universal, no muy lejos del Calancala en el sur de la ciudad. Casi es medio día y en las callejuelas del camposanto se siente un olor a rosas que lo hace parecer un jardín. Otilia Cassiani es morena, delgada, viste una camiseta roja y tiene un pañuelo entre sus manos, está recostada a una pared mirando la tumba de su hermana. Espera que algún rezandero pase pero no ha contado con suerte.

Al lado de Otilia está la señora Nuri Torre de Campo, junto a su esposo Roque Campo. La señora Nuri viste de blanco, tiene un gorro que la cubre del sol y encima del gorro algo que parece un velo y le tapa levemente el rostro. La señora Nuri termina de ver la tumba de su hijo y sin ningún motivo se acerca a Otilia para decirle que los únicos rezos para su hijo que le llegan a Dios son los de ella, porque los siente y porque los rezanderos sólo rezan por dinero. Otilia calla ante el comentario y la señora Nuri empieza a caminar con su esposo entre las rosas.

El señor Roque se da la vuelta cuando le pregunto que piensa sobre los rezanderos. Él tiene puesto un sombrero, camina un poco cojo, dice que es católico y sin responder a la pregunta comienza a decir que las personas que más roban en este país y le lavan la cabeza a la gente, después del gobierno son los evangélicos.

“Mi hijo murió, lo mataron para quitarle la moto, y saben de quién es culpa, de este gobierno, por este gobierno es que hay tanta violencia.” sentencia la señora Nuri cuando termina de hablar su esposo.

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Cuando era niño William jugaba fútbol en las calles de su barrio, también ayudaba a su madre a realizar los oficios de la casa. Se sonríe un poco cuando dice que a los 13 años se dio cuenta que era homosexual y que le tocó escapar de su hogar a esa edad, porque su hermano mayor, que era policía, le iba a dar una paliza.

Cerca de su casa quedaba una funeraria y cuando tenía 15 años le gustaba entrar ahí sólo para ver quién había muerto. “No sé por qué, pero me gustaba observar a la gente llorando, iba a todos los funerales y entierros que pudiera, así no conociera al muerto o a sus parientes. Mi familia y mis amigos me decían el come muerto” recuerda mientras se ríe sentado en la banca de la capilla.

En el cementerio Calancala hay cuatro rezanderos más aparte de William; sin embargo, él dice ser el que más clientes tiene, aunque reconoce que la competencia es dura. Recuerda que una vez una de las rezanderas más antiguas del cementerio se acercó hasta donde él estaba trabajando con una de sus clientes más fieles, a decirle que los rezos de un homosexual no los escuchaba Dios. La señora Gloria, que era amiga de William, le respondió que en la viña de Dios cabían todos, sin importar lo que hicieran con sus vidas. Para él, esa ha sido una de las grandes victorias que ha ganado en su vida y en las callejuelas del cementerio.


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El padre Juan Bautista Flores tiene el cabello corto y su acento es paisa, aunque suena como si fuese de España. Trabaja en la iglesia de Chiquinquirá, en la calle Murillo, cerca de los cementerios Calancala y Universal. Según el padre, los rezanderos no hacen parte de la iglesia, pero son aceptados por ser una manifestación de la religiosidad popular.

Para el padre, el que William sea homosexual no es un inconveniente en su vida religiosa, ni en su oficio de rezandero. “Dios lo escogió para cumplir una misión, lo escogió con sus virtudes y defectos, aunque existe un problema con la ética”, confiesa cuando se refiere al rezandero del Calancala. En lo que no está de acuerdo es en el hecho que los rezanderos se dirijan a Dios por dinero; sin embargo, él mismo dice que no es quién para juzgar y comenta que hasta en la misma iglesia hay muchos curas que viven su vocación y vida como la de cualquiera que anda por fuera de ella.

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La tarde empezaba a caer mientras yo caminaba al lado de William, nos dirigíamos a la salida del cementerio. El último de sus rezos acababa de terminar a esa hora y las puertas del Calancala estaban apunto de cerrarse. Mientras caminábamos cerca de la capilla comentó con una sonrisa en el rostro que de niño él era muy ignorante.

- ¿Por qué dices eso? -le pregunté-.
- Porque cuando yo era niño estaba convencido de que los ricos y los presidentes no se morían.



Foto: Vanessa Romero

viernes, 29 de junio de 2007

El arte, las monedas y la calle

Una niña grita y sale corriendo cuando lo ve moverse, su madre la toma por la mano, se ríe y pone una moneda en la ranura de una lata que está en el piso. Detrás de la lata, hay un pedazo de cartón que dice: “Apoya el arte”. El sol hace brillar su cuerpo por instantes. Tiene lentes negros y algo plateado cubre su piel. Simula que corre sin bajarse del balde en el que está de pie todo el día. Se detiene, unos pasos de break dance, sonríe levemente, extiende su puño despacio y toca la mano de la pequeña. Algunos lo conocen como Robocop, otros como la Estatua Humana, él prefiere ser llamado El Maniquí. Cobra vida cuando alguien deja unas monedas para ver la función.
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Waldir Márquez se fue de su casa en Bucaramanga a los 17 años porque tenía problemas con sus padres. No logra precisar qué era lo que pasaba con su vida en aquel tiempo, y solo dice que se aburrió de todo y por ello un día salió de su aposento en la mañana para no volver más. “Yo me fui de caminante”, recuerda mientras mira una pared del hotel San Rafael, donde vive, en el centro de la ciudad.

Estuvo mucho tiempo viviendo en las calles, arropándose con la sombra de algún puente, comiendo muy poco, y caminando por la ciudad bonita en busca de algo con qué sostener sus días.

Así conoció a Germán, un tipo que se disfrazaba de Faraón en las principales calles de Bucaramanga. Waldir lo miraba todo el día intentado aprender a moverse como él.

Después de un tiempo de estar practicando con su amigo por las noches, Germán lo llevó a una escuela artística en Bucaramanga. Allí, Waldir aprendió lo que la calle no pudo enseñarle, estudiaba y trabajaba. Después empezó a viajar por todo el país, cada calle era un escenario, cada parque y esquina, los lugares perfectos para que comenzara la función.
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“Él hace cultura para gente que sabe apreciar lo bonito, cosas bonitas como las que hacia Da Vinci” Dice Roberto Ramos cuando la tarde comienza a caer sobre la calle 44 con 38, en el centro de Barranquilla. Roberto Vende tintos en la misma acera donde trabaja Waldir. Tiene un jean azul y una camisa a cuadros. Roberto puso unas monedas en la lata de su vecino, como lo hace todos los días para verlo moverse unos minutos antes de irse a casa.

Eran las cuatro y media. Muchas personas se habían detenido a verlo. Al parecer esa fue una buena tarde. El cielo estaba nublado y unas gotas empezaron a caer. Waldir se volvió hacia mí y me dijo que ya era hora de irse. En la lata podía haber de 25 a 30 mil pesos.

Caminaba a su lado y él no dejaba de elogiar su trabajo, diciendo todas las cosas que era capaz de hacer y que nadie más podía. Hablaba también de las mujeres que se le acercan todos los días a darle un número telefónico, además de los halagos y las miradas sorprendidas de los niños cuando da un paso más antes de tocar sus manos.

Las personas que trabajaban en el Paseo Bolívar recogían sus cosas para que no se mojasen. Él se acercó a una mujer en la acera, le dio un beso sin que ella se diera cuenta, luego sonrió y corrió un poco. La saludó desde lejos y dijo que era su amiga, la conoció hace poco y le parecía muy atractiva.

Llegamos a la iglesia de San Nicolás y bajamos unas cuadras por la calle 32 hasta llegar al hotel. Donde cada noche cuesta 5 mil pesos y Waldir debe tres. Las escaleras eran rojas, un tanto empolvadas, una reja enorme cerraba el paso a el corredor que llevaba a los cuartos.

Cuando entramos Waldir le dijo al portero que le hacían una entrevista porque querían contar la historia de su arte. Después se acercó a un muchacho moreno que estaba en uno de los corredores arreglando un par de zapatos, para contarle lo mismo. El portero y el joven no lo miraban mientras hablaba, y seguían con sus oficios sin importar la emoción del artista. Waldir parecía no darse cuenta.

El hotel era un tanto oscuro. Del piso al techo había como tres metros. Parecía un lugar construido para gigantes. El color de las paredes era un amarillo tenue desgastado por el tiempo, mucho polvo en todo el piso, y por la ventana del corredor se veía una mujer en la calle que vestía de negro, en la esquina. Waldir no sabía qué hacía ahí todos los días, pintorreteada en exceso y caminando de un lado a otro.

Se quitó el maquillaje que se aplica por las mañanas: gel para peinar mezclado con un polvo químico llamado Aluminio Brillante, que lo venden en una droguería cercana.

Waldir es moreno, tiene un tatuaje del Demonio de Tasmania en el pecho, un dragón en el hombro, y una telaraña en el cuello. Sus ojos son negros y hundidos.

Miró a su mujer, quien estaba de pie junto al marco de la puerta del cuarto, que era de tres metros por cuatro. Adentro, había una pequeña cama de sábanas rotas, una estufa eléctrica de dos fogones y un cable que atravesaba toda la habitación para colgar la ropa.

“Solo me desespero cuando pienso en ella, ella es la que me hace volver a la casa, por la que salgo todos los días, por la que no me he ido de esta ciudad a viajar otra vez por ahí, como un loco, ella es la única familia que tengo”.

Astrid lo conoció en la calle 30, le dio unas monedas y días después él la encontró en un restaurante donde trabajaba de mesera. Ahí le preguntó que si lo reconocía sin maquillaje y ella sonrió. Siguieron viéndose cuando ella pasaba por la calle, o cuando él la recogía en el restaurante al final del día para acompañarla a casa.

El día se había terminado y Waldir estaba sentado sobre el balde en el que pasó de pie toda la tarde: “¿Sabes algo? Cuando yo estoy como todo el mundo, sin maquillaje, así como tú ahora, no soy nadie, no existo, soy uno más. Yo soy esto, soy este traje, cuando estoy así la gente se detiene a ver mi arte, soy el más importante, soy famoso, así sea solo por un rato”.

Foto: Vanessa Romero.